- "Un winka intenta imponer a sangre y fuego su propia visión de las cosas, porque los winka, y sólo los winka, son tan arrogantes como para creer que su propia visión es más correcta que la que mantiene el resto. Fueron los winka los primeros que osaron matar a un puma, al gran hermano de la cordillera. Fueron los winka los que llenaron la tierra de plantaciones forestales. Fueron ellos quienes llevaron motosierras, y también los cercos que dividen la tierra. “Ellos trajeron las líneas”, nos dijeron muchas veces."
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ELLA silba y camina como silba. Sueña y duerme como sueña ELLA se baña.
Deja caer su pelo mojado. Se lo ata. Se vuelve a soltar.
Una naranja recién cortada chorrea todo su sabor por entre las rendijas de la madera que funciona a veces como tabla. La sombra descansa debajo de los arboles. El sol molesta.
Su pelo mojado gotea sobre sus hombros desnudos. El reflejo en el espejo y sus ojos. La ventana entreabierta llama su atención. Se deja de mirar para prestar atención a lo que acontece allí. Ellos corren. Ellos se tocan. Sus ropas flamean como sus risas. Sus risas se tocan como dos gotas de agua en el océano. ELLA se viste con su mejor vestido azul. Su sonrisa ingenua desciende descalza por la escalera a toda prisa, escalón tras escalón. Los gritos cada vez mas distantes migran hacia otros escenarios. No solo ellos, el olor de la miel inunda el parque con su presencia, las abejas revolotean sobre los gajos de la naranja. Un conejo salta entre los arbustos del bosque.
ELLA se mira y no se reconoce, su mirada se pierde por entre los colores del otoño, los busca y no los encuentra. ELLA no se encuentra. Inquieta trata de volver pero el olor salvaje del salvaje bosque es más fuerte que cualquier miedo.
El salvaje bosque está lleno de vida pero una cicatriz de alambre tejido lo atraviesa. Herida de dos mundos, y un portal que los une.
La aventura 'la aventura'. La piel rasgada del alambre le daña. Un solo rasguño el que toca. Su mano sobre la herida se mancha. Compungida ya no sabe su camino
La piel suave de un conejo en descomposición. Los insectos inundan su barriga blanca aterciopelada.
ELLA se cae, su rodilla sangra pero no parece preocuparle esta vez. Lame su herida. Una gota de sangre se desliza por entre sus labios. Su mejor vestido azul se mancho. Sangre y tierra ahora son parte de ella, parte de su rodilla.
Mil números de colores observan que ELLA ya no busca, no siente. Lo insectos se comen entre ellos. Otro conejo palpita su final. Sin dejarse mentir se levanta; sucias manchas de barro y sangre inundan su mar azul.
La corteza, el musgo, los hongos, acaso las hormigas, las arañas o la mantis. El sol, la sombra, la humedad. Los ojos, las pieles y un camino de piedras y barro. El calor roza su piel desnuda, erizada por debajo del salado sudor. Su pelo mojado gotea sobre sus hombros desnudos, esta vez tierra. El recuerdo de ellos ya no esta para distraerla, tan solo el camino.
Tal vez una choza a lo lejos, tal vez el destino, pero ELLA se acerca con ingenua mirada. Tan sólo de madera y de algunas cosas más también. Un perro tranquilo de ojos diferentes y un machete sobre alféizar. El dueño no parece estar, ELLA se asoma por la ventana lateral.
El sol desaparece entre el ceño verdes del bosque, los animales del sol se esconden hasta nuevo aviso, es hora de aquellos q evolucionaron a costa de sus debilidades. Son los animales luna, son los misteriosos, son los que no se ven pero se escuchan, los que siempre miran. ELLA les tiene miedo.
ELLA no sabe y sólo sueña no sabe, pero intenta ELLA duerme.
La noche no solo trae la oscuridad de los sentidos, o tal vez el miedo es más fuerte. Miedo de que no nos vean, medio al silencio, miedo de si mismo. Merece entonces que sólo sueñe con la naturaleza y que no oiga la puerta abrirse lentamente. El olfateo de la nariz de aquel perro de ojos diferentes se asoma detrás de la puerta. Botas gastadas se muestran luciendo un machete en una de sus manos. Tan sólo algunas plumas blancas se desprende de aquel animal maniatado, para entonces la sombra de su antorcha y su cuerpo la abrigan ahora. La violencia no atravesó el velo del ensueño. Tan sólo fueron sus orejas las que se percataron que no todo estímulo lleva consigo el significado de sí mismo. Tan sólo un ruido. El viento que entra por la puerta la envuelve de temores y escalofríos. Con tan sólo un soplido de putrefacción la bella durmiente se despierta inquieta esta vez desnuda, circular, en su cuerpo de azul.
Las hornallas se encienden, y el agua empieza a calentare. Ellos solo se miran, el calor de una charla en silencio, fría pero genuina, a veces acaso muy ruidosa para tanto silencio. La cocina parecía ser el terreno de EL, no sólo por los conejos despellejados que cuelgan por sobré una de las ventanas sino también por la interminable paciencia que le estaba dedicando a desplumar a su presa de aquella noche. La cama el de ELLA y la mesa acaso el territorio neutral. Aquel de diferentes ojos se acuesta abajo su amo.
La luz de la noche resplandece en el interior de la choza y todos esos insectos revolotean por sobré su paraíso iluminado. Cada tanto parecía desaparecer dejandolos a oscuras, a ellos que nada lo dicen. Pero EL sabe más y calla. La experiencia de la soledad lo atormenta desde sus manos hasta la punta de cuchillo. Cada tanto una mirada inquisidora, aunque ya sabe las respuestas a sus preguntas. Defiende su territorio ganado con sudor en la frente y un fusil recortado entre sus manos. Crack! Tan sólo un golpe seco para descuartizar al pobre animal.
El brillo de una fogata resplandece por unas de las ventanas a la distancia. El chillido de lo animales luna cada vez mas cerca de la choza amenazan la noche de blanca luna y de sombras oscuras. Aquellos murciélagos, aquellos insectos, aquellas arañas.
Las cosquillas desde su rodilla ensangrentada la motivan. Esta vez aquel de ojos diferentes lame ásperas las heridas de la naturaleza. Su mirada inquieta se pierde por entre los olores del puchero.
A ELLA las luces de la noche siempre le llamaron la atención. A caso el brillo de los reflejos. Su mar azul se esconde, pero siempre atenta a sentir algo mucho mas grande que ella. Para aquel entonces, el agua hirviendo invadía la sala susurrando silenciosos sonidos histrionicos.
Entre un juego de cubiertos y platos, ambos se echaron a por la comida.
Las manos sucias de grasa solo dejan chorear todo su sabor. Un paladar exquisito y devuelta la incertidumbre del ser, la transpiración de una olla en ebullición, y la choza cada vez mas crujiente, la noche nos sumerge hasta el desierto de las sombras del sonido. Las sobras al perro y otra vez el silencio que hace ruido. Los ojos abiertos advierten todo a su alrededor. Una sola mesada con alguno utensilios, una sola cama, desecha ahora, y en el fondo una salamandra esperando el invierno. De madera casi todo y ningún baño. Herramientas oxidadas por todos lados y al lado de la puerta varios pares de botas sucias y gastadas.
ELLA le susurra al oído. Pero EL no escucha. Mejor que no escuche.
Palabras torpes que salen de aquella boca, boca de miel. Suenan melosas y pegajosas y allí se quedan, imposible despegarlas. Pegadas al aire que roza sus narices. Ni la tentación de los ojos, ni la necesidad de la piel. Él solo es en este tiempo, lo que en algún tiempo solo necesito y será, todo el hondo silencio de la vida. Pero observa el brillo de la aterciopelada piel, las estrellas oscuras del cielo en su cuerpo.
Pero EL no ve. Mejor que no vea.
Miradas perdidas que surgen de aquellos ojos, ojos cansados, ojos de hiel, que se pierden entre sus pestañas las cuales no delinean sus ojos, sino que trazan delicadas líneas hacia el horizonte tangente, iluminado y oscuro.
ELLOS escuchan lo mismo, Miran lo mismo, y a su vez no ven nada, ni escuchan nada.
Pasos desde afuera, emociones desde adentro. Cada vez mas cerca de la choza los ruidos se hacen mas reconocibles. El crujir de la madera, desde afuera; desde adentro, la mirada puesta en la puerta, y el silencio del instante previo. Por la ventana unos ojos negros se asoman, tímidos buscan compañía. La puerta se abre de par en par, enfrente de ellos, los OTROS.
Gritan y beben. Se rien a carcajadas, Ya no se sienten como OTROS. Son todos ELLOS.
Las marcas en la piel lo dicen todo. También su color. Guerreros del salvaje bosque y dueños del tiempo. Hojas de arboles caídos abrigan sus espaldas jorobadas. La MUJER y el HOMBRE toman asiento en la mesa cuadrada. Se sirven cada uno un trago y uno para la madre tierra. Con un golpe en la tabla su tragos desaparecieron. Y el verdadero silencio se rompió.
- Quien eres tu, pequeña calabaza azul? - pregunta la mujer. ELLA la mira con sus ojos tibios.
- Ghhm, No importa realmente - Se responde la MUJER.
- Pero… que hace Ella aquí?, Cuando ha llego? - Insiste, ahora hablandole a EL.
ELLA tan solo lo mira a EL. Y EL la mira a Ella, pero la timidez de una sonrisa quebro el insistente interrogatorio. EL se ha levantado de la mesa con gentil suavidad. Todos lo miran, menos este que actua con excesiva tranquilidad recogiendo lo que quedo de la mesa. Unos momentos mas tardes esboza unas palabras.
- Es hora de irnos todos de acá.-
Abriendo la puerta para mirar con sus ojos de halcón hacia lo mas profundo de la oscuridad. Casi como un suspiro desde lo mas profundo de lo mas horrible, todos cambian su estado de jolgoria alegría y siguen al hombre en punta. Cada uno agarra sus pertenecíais y se alistan para salir. El silencio otra vez dueña de la luz y también del profundo sentimiento de angustia. ELLA también, sin dudarlo, ni por un instante, se hace parte de aquella empresa que parece ir hacia su muerte, con caras largas y pasados pesados. Aquel de ojos diferentes es el ultimo en salir de la casa, que rápidamente se adelanta hacia el puntero de la fila, su dueño. La oscuridad los baña de negra compañía.
El camino algo sinuoso entre el salvaje bosque y el monte desconocido. Y todo lo que no ven, el miedo alrededor de todos ellos y también la muerte. El fuego a lo lejos es su única guía hacia su destino, el resto la negra oscuridad. Ni el mar azul de su vestido les da ánimos para seguir adelante, pero aun así persisten en su tarea. La luna ausente, y el viento ahí.
Ni los ojos, ni los pies. Pero el cuerpo va, acaso una procesión de sonidos sin frecuencia. El manto negro en silencio esta vez. La luz ausente hasta en el corazón, pero ellos siguen. Quizás el deseo de lo que esta mas adelante o tal vez el poder de la inercia. Hasta los animales luna ausentes de esta velada de pánico contenido. Ó acaso ellos observan.
ELLA y su rostro en sombra solo niegan por casualidad o por ignorancia, pero nadie parece tener las agallas para mirar hacia atrás, hacia el resto. El de ojos diferentes marca el camino como si fuese mas ágil que los demás, mas sabio que los demás, como si pudiera ver que es lo que hay mas adelante y no temer. Su dueño, unos metros mas atrás, con su mirada al perro, con un paso cansino pero ligero, con sus pupilas en soledad. Sus ojos de halcón se perdieron en tanta oscuridad y volaron hacia otros horizontes. Mientras que a sus espaldas, tan solo a unos pasos de distancia ELLA camina, y su mar azul la acompaña bien de cerca. Ambas con frío, ambas gigantes de inquietud pero diminutos de coraje. Su mano a unos centímetros de la espalda de EL; acaso no la apoya porque no sabe quien es o porque tiene miedo de que sea todo a lo que ella huye. Remera transpirada que cubre de paz e inocencia. Gotas de sudor machan como esporas en plena reproducción. Los OTROS, solo tratan de alimentarse de los arboles, corren en todas direcciones, corren hacia las raíces, buscaban por la tierra y por debajo de ella. Muy de vez en cuando, algo encuentran y es tan solo un instante de entusiasmo. Rápidamente se pierden en la oscuridad oscura.
Zumbidos de todo y el silencio de los pasos. Fogoneros y aullidos. TODOS cerca del fuego. Y la luz.
Efervescencia de gritos en la distancia cercana. Los cuerpos se huelen y las pupilas se dilatan. Ojos pintados, teces oscuras en ocasiones, aquellos que corean alrededor de los tambores. Semidesnudos sudan adrenalina de color. Los rojos, rojos y la luz tenue del fuego baña la cara de los nuevos extraños.
Uno de estos otros mira hacia a los recién llegados.
- Al infierno, señores, al infierno de los hombres. Donde no hay hogueras, sino desiertos. Vengan todos conmigo, hermanos o enemigos, Vengan. Poblemos esta ausencia llamada soledad.
Una mano se extiende con elegancia y gratitud. Palma con palma, suave caricia al hondo cuerpo revelado. La piel no los separa ya, mas sino unen los caminas de esas lineas maestras de la mano.
- Ven, tu solo ven, que tu mar azul nos inunde de tiempo y paciencia.
Saludo fraternal de una familia mas grande, desconocidos conocidos, y la lluvia que los baña.
Hubo quien lloro de rodillas sobre la tierra blanda, sobre hierbas que ahora exhalan el vertiginoso olor a mojado. Hubo quien ininterrumpidamente canto una excéntrica melodía no oída hasta entonces que era el largo suspiro sollozo de la vida. Por los campos ardieron hogueras altas que hicieron de la tierra vista desde el espacio otro cielo estrellado.
Pasos al frente de EL, ahora el fuego ilumina sus oscuridades.
- Aquí esta señores, aquí se las dejo. Nuestra ofrenda es nuestra.- Dice EL.
Entre ellos una mirada cómplice arguye esta sentencia de los vivos.
Un hombre y una mujer caminaron entre la noche y las hierbas naturales, los escondía la oscuridad oscura.
Peligroso asomo. Nubes de caras caminan por el paraíso lejano. El tejido de cables paralelos y el infinito cercano. La linea recta del camino. El reflejo de aguas que no son. Y el sol que se calienta.
El viento sopla un nuevo día, la ventana entreabierta solo deja respirar. La oscuridad se funde con todo lo demás. La cama revuelta, y la textura de lo que sucedió. Y sobre el piso ELLA, desnuda. La alfombra y la piel se funden en un solo contorno. Acurrucada, rodillas tocan su cabeza y el mismísimo frio que se hace presente. Incomoda se incorpora. Insipida se levanta. El agua caliente de una ducha ya no deja espiar.
La habitación respira sudor. Frio y temerario. La televisión en silencio y una puerta que se abre. ELLA, rampante, se carga todo su peso a la espalda, mochila del pasado y ofrenda hacia el futuro por venir. Ahora camina cansina sobre sus botas gastadas, donde cada pisada parece retumbar al mas hondo corazón y la respiración se agita.
El pasillo largo y mas largo. Y el ascensor lento y luminoso. La compañía no molesta, pero tienta hasta lo mas oscuro. Todo claustrofobia, todo mas chico, todo mas cerca. El roze de una mano la despierta, la puertas se abren, ELLA sale en busca de aire que la inunda de húmeda putrefacción.
-..-
ELLA camina por el camino extendido, bajo la luz difusa del largo amanecer: el sol no falta al encuentro fijado en el silencio de la noche que se aparta. La certeza del sol, la madrugada, mi cuerpo de tierra, la ciudad ruidosa como de costumbre y el hombre agotado hace tiempo. ELLA camina, cansados pies, cansados hombros. El peso de la mochila obliga a mirar hacia el piso. El destino su destino, choca torpemente con lo que esta mas adelante. Este de ropa suelta y en grupo, todos en grupo la miran y hablan. Una vez mas es imposible quedarse o la simple memoria de haber sido.
La tentación de estar expuesta la llama. El calor de un pasillo largo y al fin deja su mochila cansada. Las zapatillas, las medias, el pantalon, la remera, el corpiño y por ultimo deja libre toda su femineidad.
Ella, sola, dispuesta.
Un curioso papel y un curiosos lugar, trazo negro, la marca del destino y la luz de la piel la sensualidad de una curva. El tiempo se condensa en un solo respiro y la perfección en una sola silueta. En un semicírculo, la mirada, en el centro ELLA, posando eterna y virginal. Los ojos, un estimulo y una sonrisa que la excita cada vez mas. El olor, la pulpa sensitiva de los dedos curiosos y de la boca. Gemidos en silencio, el temblor del cuerpo arqueado. La violencia. Al tiempo que la sonrisa la disfraza, el gruñido, la amenaza.